La noche del miércoles caía apacible en La Solana, pero el ambiente se cortaba a nivel emocional. La Plaza Mayor, el lugar donde se los solaneros celebran sus días más alegres, también acoge los momentos más tristes. Y este era uno de ellos. A unos noventa kilómetros, dos trenes habían chocado por la mañana, en un accidente fatal. Apenas doce horas después, frente a la fachada del Ayuntamiento, se fueron juntando vecinos. Colocados en semicírculo de forma espontánea, habían respondido a la convocatoria impulsada por el Consistorio a través de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP). La encabezaba la primera autoridad local, Luisa Márquez. También estaba el portavoz de la oposición, Eulalio Díaz-Cano, y varios concejales de ambos grupos representados en la Corporación Municipal.
A las 8 en punto se hizo el silencio. Durante unos cinco minutos, la plaza contuvo la respiración. Solo se oía el lamento de las campanas de la torre de Santa Catalina. Era un sonido grave, sobrecogedor, que parecía acompañar a los que ya no volverán y a quienes aún los esperan con el teléfono en la mano.
Nadie se movió hasta que se apagó el último tañido. Después, el párroco de Santa Catalina, Benjamín Rey, invitó a los presentes a continuar el homenaje con una oración en el interior del templo. Para él, el dolor tenía nombre propio: eran sus vecinos, su gente. Es natural de Urda.
Dentro de la iglesia, “con el corazón encogido”, el sacerdote lamentó lo ocurrido y pidió refugio y consuelo en la fe para las familias, “golpeadas por la incertidumbre, la conmoción y el dolor”. Rey reclamó también que se esclarezcan las causas de este tipo de acontecimientos, “y no se termine echando la culpa, quizás, a quien menos culpa tenga”, llegó de decir.
La oración fue breve, pero intensa. Al salir, la plaza seguía en calma, aunque las conciencias de los solaneros se sentían más unidas si cabe al sentimiento de quienes han sufrido la tragedia en carne propia.






